Museo Antártico Ushuaia Dr. José María Sobral

Investigación

EXPEDICION DE ESTUDIO DE ASENTAMIENTOS BALLENEROS HISTORICOS EN LA ANTARTIDA ARGENTINA

CAMPAÑA ANTARTICA ENERO 2006

Nota de la revista "Bienvenido a bordo" Año XVII - Nº 168. Mayo / Junio 2006
Texto: Hormiga Negra
Fotos: Juan Pablo Pereda

LA SORPRENDENTE ANTÁRTIDA

El buque partió de Buenos Aires el 16 de enero de 2006 y con solamente una escala técnica en Puerto Pirámides (Golfo Nuevo) para embarcar el equipo del jefe de buzos Ricardo "Pinino" Orri, y una corta exploración, sin fondear, de la bahía San Gregorio y la isla Leones, el 25 estuvimos en Ushuaia, después de una navegación sin mayores novedades, tiempo más bien duro y el uso e mucha vela cuando se daba el NW.

EL DRAKE

El 27 de enero dejamos el muelle de Ushuaia a la noche y a la 0145 del 28 entramos en Almanza para dejar el paso Mackinlay libre para el Marco Polo, que también partió esa noche para la Antártida; al final de ese día fondeados en Puerto Español a causa de pronósticos inciertos para encarar el Drake. Para un buque como el Ice Lady Patagonia, con velocidad de crucero de alrededor de 10 nudos, es conveniente esperar lo que llaman una ventana meteorológica entre dos pronósticos de vientos duros, para cubrir las 460 millas (más las 65 entre nuestro fondeadero y la latitud del cabo) que hay entre la zona del Hornos y la entrada al estrecho Larrea, en las Shetland del Sur, con relativa comodidad y mayor seguridad. Nos la habían pronosticado para las últimas horas del 29. la información provenía de comunicaciones directas telefónicas -por satélite- con Marina de Río Grande y mediante comunicaciones por BLU con el SARA (Servicio de Radioaficionados de la Armada) atendido en la ocasión por Norberto E161, Saúl EO83 y Arnaldo B027, quienes nos resumían el pronóstico de Marina para nuestra zona una vez por día. Lo que encontramos al perder el amparo de la costa nos demostró que nos habíamos adelantado demasiado y que el SW aún soplaba duramente, haciendo difícil mantener el rumbo ideal y tornando muy incómoda la vida a bordo, dado que ese tipo de casco rola severamente. La primera experiencia demostró que todos los que no sabían si se mareaban, supieron que sí, se mareaban. A la noche disminuyó la intensidad y el 30 decididamente calmaba a unos 13 nudos y borneaba al ENE, permitiéndonos abrir velas y avistar la isla Smith y el estrecho Larrea a las 0900 del 31. Nos llamó la atención la ausencia total de témpanos en el tercio del Drake, como era habitual, y que solamente aparecieran unos pocos casi en la costa de las islas. experiencia de dirigir una en otros tiempos.

INDAGACIONES EN LAS SHETLAND

La ilusión al arribar a la Antártida es que se va a pisar terreno que nunca fue hollado por un pie humano. Y en el caso de encontrar seres de nuestra especie, aislados en esas lejanas regiones, se espera hallarlos ansiosos del cálido contacto humano de fraternarles navegantes como nosotros. Nuestra primera intención fue explorar el extremo Oeste de la isla Livingston, para relevar unas chozas de piedra muy antiguas que habían servido de refugio a los primeros cazadores de lobos marinos, que los loberos primitivos estacionaban por largas temporadas en la costa. Con esa intención fondeamos en una protegida bahía en cuya playa lo primero que vimos fueron unas carpas anaranjadas y poco después, cuando ya habíamos largado nuestros botes, una áspera voz muy hispánica nos increpó duramente por VHF, diciéndonos que ese lugar estaba reservado para una investigación sobre la nidificación de los cormoranes y que no teníamos especial autorización, nos deberíamos ir inmediatamente de allí. Aleluya, nos dijimos, seguimos en el Planeta Tierra. Pero para entonces un contingente había tocado tierra en la pedregosa playa y el bote volvía a bordo. Un personaje que no quiso dar su nombre, aunque se tituló jefe de ese grupo, regañó duramente a los que habían desembarcado, recalcando que ellos -los del campamento- hacían sus necesidades en bolsas para no contaminar (lo dijo en un español más claro y preciso) y que los desembarcados andaban pisoteando todo sin autorización. Pudimos establecer la comunicación con los nuestros y los fuimos a reembarcar, pero esa playa era y había sido probablemente el único punto de bajada para llegar a la punta Este y buscar las chozas, porque cuando con la lancha de Vairo se buscó por mar otro lugar adecuado, una barrera de ríspidas rocas lo impidió. Nos quedamos, pues sin las comprobaciones programadas y levamos hacia otro destino menos poblado: la isla de los Pingüinos, al extremo opuesto de las Shetland, hacia el Este, en la isla 25 de Mayo. Era un lugar verdaderamente remoto y bajamos un contingente para relevar y documentar una larga costa pedregosa sembrada de huesos de ballenas, inequívoco lugar de faena temporario, ya que no hay abundancia de plataformas adecuadas para esos fines por ahí. También existía una gran colonia de pingüinos, marcada como reserva en el derrotero. En el momento en que uno de los expedicionarios se acercó demasiado a los pingüinos, apareció una cantidad de gomones con hordas de turistas enfundados en trajes anaranjados, procedentes de un buque ruso que había fondeado al otro lado de la montaña, todos fotografiando la temeraria incursión de los tripulantes del Ice Lady. La soledad y el aislamiento, decididamente, no iban a ser una realidad en esta nueva Antártida y cualquier paso en falso de nuestra gente quedaría conveniente e internacionalmente documentado. De paso, el tripulante que se acercó a los pingüinos, que no oyó las advertencias del resto por tener apagada la radio para ahorrar baterías, mereció el primer título de "tarantar" (tarado antártico) que se instituyó en este viaje. Al reemprender nuestro recorrido se nos presentó un insólito espectáculo: un témpano invertido. No lo malinterpreten. Era uno que había tumbado y cuya parte sumergida se hallaba hacia arriba. Eso es bastante frecuente, salvo que en este caso lo que mostraba era de color verde oscuro, casi negro. Un témpano negro es, ciertamente y sin connotaciones racistas, algo muy extraño. El fenómeno se debía aparentemente a la composición del hielo y a bacterias y algas dentro de su masa. Pero era notable; parecía una piedra dura, de esas que se tallan, llamadas cristal de roca o, menos poéticamente, semejaba las entrañas de un monstruo prehistórico. Los cazadores de imágenes de a bordo nos dieron un concierto de "clics" con esas máquinas electrónicas que funcionan como ametralladoras que casi funden al impúdico iceberg traste al aire.

ENCUENTRO CÁLIDO

Al barrido programado de las Shetland, de Este a Oeste, que nos habíamos propuesto, le seguía Puerto Visca, en el fondo de la bahía Lasserre, siempre en la isla 25 de Mayo, un lugar muy apto para fondear debido a su poca profundidad relativa, rodeado de dos glaciares importantes y amparando la base brasileña Ferraz. Ya estaban allí el aviso ARA Suboficial Castillo, destacado en la región, y el buque polar brasileño Ary Rongel. Atropellando escombro de hielo, del que había mucho, bajamos, previo permiso (ahora lo otorgan a veces y preguntan primero cuántos son los que van a desembarcar) a la base brasileña donde fuimos recibidos personalmente por su jefe, el Capitán de Fragata Dastos, quien nos dio la bienvenida y nos asignó un guía cada ocho o diez de nosotros, que nos llevó a conocer la base, toda la base, hasta sus más recónditos laboratorios, en cada uno de los cuales el o la investigadora se ponía de pie, nos saludaba y nos explicaba su trabajo. La gira culminó con un café con galletitas en el cómodo comedor y una remera de regalo para los más conspicuos. Fue el mejor recibimiento y la base más próspera y organizada que visitamos, muy mejorada desde el 2003. En ella estaba una de las chalanas de carga de los balleneros, muy bien conservada. El lugar había sido factoría inglesa y en su playa de musgo verde Jacques Cousteau armó, con huesos desparramados ahí, un esqueleto completo, probablemente el más retratado del mundo. El regreso al buque fue un poco mojado y congelador, porque se había levantado NE de 30 nudos y el hielo se había apretado contra la costa, mientras nevaba un poco. La mañana del 2 nos quedamos en puerto Visca, mechando la espera con una visita de cámara al aviso ARA Suboficial Castillo, donde fuimos muy agradablemente recibidos por su comandante, el Capitán de Corbeta Marcelo Dalle Nogare, y su plana mayor, mientras otro equipo nuestro inspeccionaba la base ecuatoriana que no estaba activa y la Machu Pichu, peruana, que sí lo estaba; la recepción fue muy amable, pisco sauer incluido. Por la tarde nos acercamos a la base polaca Artowski, donde solamente bajó Vairo con una pequeña comitiva porque tenían visitas. En sus proximidades funcionó otrora una estación ballenera de la que quedan muchos vestigios, algunos de ellos conservados en un pequeño museo. Como nos informaron que una vieja prohibición de adentrarse en la bahía cercana -por haber sido un lugar de nidificación de pingüinos- ya se había levantado (no queríamos otro lío ornitológico), y que se creía que había restos de un ballenero hundido, nos adentramos en lo que sorpresivamente se llama bahía Escurra, estuvimos explorando y buceando el área hasta el día siguiente, lamentablemente sin resultados. El lugar es notable por una isla prácticamente piramidal que brota del mar con orillas a las que no se puede trepar ni con las uñas. Treinta y seis tripulantes limpios fue demasiado para la planta desalinizadora del buque y se presentaba la amenaza de un duro racionamiento si no conseguíamos reforzar las reservas de agua dulce que, como se sabe, es lo que menos abunda en la Antártida, por cierto en su forma líquida, salvo acudir a rarísimos chorrillos y embarcarla en barriles, como se hacían antes, ya que las bases la obtienen con alto costo de energía y tampoco hay muelles donde tender una manguera. La presencia cercana del buque ya citado de la Armada Argentina, un muy marinero aviso construido en Norteamérica por los años cuarenta, cuya misión ahí era el apoyo y seguridad de los navegantes y el cuidado de la ecología, tarea en que se turna con un buque chileno para el mismo fin durante el verano, nos indujo a solicitarles si podían darnos agua. La respuesta inmediata fue afirmativa y poco tiempo después, frente a la base Feraz, nos abarloamos. Se pasó una manguera y, como también es costumbre, ya que estaban los mejores técnicos a mano, les pedimos que dieran una mirada al radar Furuno, que andaba mañereando y, naturalmente, a la desalinizadora. En ésta recomendaron que se precalentara el agua salada para que tuviera mejor rendimiento y el radar no tuvo remedio fácil (de todos modos teníamos otro, afortunadamente el mejor). El encuentro se aprovechó para un intercambio de reuniones de camaradería en ambos buques y permanecimos amarrados ahí toda la noche, hasta que nos pasaron cuatro metros cúbicos que, en verdad, fueron muy bienvenidos y no requirieron más incrementos durante el resto del viaje. En esas zonas alejadas las novedades llegan de a pedazos, por radio, por teléfono satelital o por correo electrónico. Uno días después alguien informó en el Ice Lady que había aparecido en La Nación la noticia que nos habían prestado auxilio en la Antártida (confundiendo el término con "apoyo logístico y técnico", que fue el usado por Marina) y que éramos "un buque de pasajeros argentino". La primera reacción de varios tripulantes fue "avisen urgentemente a nuestras esposas que estamos perfectamente no sea que empiecen a gastar a cuenta con las tarjetas de crédito", lo cual no se interpretó muy claramente y alguien mandó al diario una carta en la que afirmaba que nadie nos había dado ningún apoyo, todo lo cual creó un lógico malestar en la Marina, que merecía un desmentido y no una escalada, pero el desmentido, siempre por esas tardanzas de las comunicaciones, no salió o no llegó y el embrollo quedó lamentablemente inconcluso

ENCUENTRO FRÍO

Esperábamos la siguiente escala, la base Jubany del Instituto Antártico Argentino, con mucha ilusión, en parte porque por fin nos encontraríamos con compatriotas que hacen punta en esas regiones y mantienen la necesaria presencia argentina, de tan antigua data, que el país merece. La escala tenía varios objetivos programados: uno de ellos era la primera audición mundial y desde ya regional, de la "Cantata para el Agua" que Mónica Cosachov había creado e iba a interpretar allí, compuesta para piano, dos violines, viola, violoncello, mezzo soprano y coro de niños y que debía ser transmitida por satélite mediante la antena para armar en tierra que portaba el Ice Lady, todo ello auspiciado por Green Cross International, entidad de la cual llevábamos, como dije antes, la representación. El otro, para nosotros, era el contacto con gente de nuestro país, ver de nuevo la placa que habíamos entregado en el viaje anterior y, en mi caso particular, volver a ver el gallardete y la placa que había llevado en el Pequod en 1987. Desembarcó primero José Tejo (Pepe Antena, para nosotros) y se abocó a armar la famosa parabólica. Lo que digo a continuación es muy personal, es decir que no deseo involucrar a la asociación en estas opiniones. Ni bien puse pie en tierra, a la vista del cerro de tres puntas que caracteriza el lugar, no me recibió nadie. Después de indagar un poco, di con el jefe de base, que apareció con un blusón manchado de pintura, explicando que tenía mucho trabajo. Le informé quienes éramos y de toda la operación Green Cross / Cosachov. No tenía la más pálida idea de nada, no estaba informado y su comentario fue que no podía alojar a tanta gente, después de lo cual, aduciendo que estaba muy ocupado, nos "dejó en libertad" de visitar la base sin más ayuda, guía o explicaciones ni mucha calidez y se fue a sus quehaceres. Otra vez me sentí en el Planeta Tierra, esta vez en tierra argentina y, sin poder evitarlo, comparé la recepción con la de los brasileños. Una fugaz imagen de Bastardillo con atuendo antártico cruzó mi mente. Por fortuna yo conocía la base (era la cuarta vez que llegaba allí) y lo primero que me llamó la atención fue la falta de nieve. Si no hubiera sido por un poco de barro, aquello parecía un pueblo de la zona seca de nuestro Norte: pura piedra. Los edificios se habían incrementado con un laboratorio alemán y otras instalaciones, a las cuales nadie nos invitó a visitar. Muy por el contrario, salían y entraban de ellas personajes que hablaban entre sí y nos ignoraban, como si fuéramos los pasajeros de un ómnibus que había hecho una parada en el camino. Entré en el comedor ante la mirada desconfiada y un tanto agresiva del cocinero, busqué las placas y los recuerdos. No había nada. Los habían reemplazado por fotos de buques visitantes. Después de indagar por los alrededores, encontré la casa de radio, donde guardaban el sello de la base para matasellar mis sobres y en ella fui atendido por un hosco operador que sin decir palabra, buscó el sello, me estampó los sobres y se volvió a su cubículo. ¿Tendría tantas visitas esta gente para que nos llevaran tan poco el apunte? Los buzos tuvieron mejor suerte. Dieron con un colega que les mostró la cámara hiperbárica, única en el área y muy importante en caso de accidentes. Pepe Antena se dio de narices con un glaciar que se le interpuso entre su aparato y el satélite, que apenas se elevaba unos grados sobre el horizonte y debió desarmarla sin señal. Regresé al Ice Lady -hogar, dulce hogar- por cierto sin que nos despidiera nadie, para gozar de la bella vista de la bahía, del Castillo que había llegado y del Puerto Deseado, el buque hidrográfico argentino que con su linda estampa anaranjada estaba desde hacía unos días. Los de Green Cross insinuaron prolongar la espera para asistir al famoso concierto, pero el almirantazgo del Ice Lady informó que no podíamos demorar porque no cumpliríamos nuestro programa científico. Menos mal que esa fue la decisión, porque al regreso me enteré de que la maniobra había transcurrido en forma accidentada. Ese día 5 de febrero en que estuvimos en Jubany, Mónica Cosachov y su equipo todavía estaban en Buenos Aires. Volaron por la noche y arribaron a Marambio, afortunadamente llevando los instrumentos con ellos, tocaron y grabaron la "Cantata para el Agua", más algunas obras de Mozart y Beethoven, y regresaron ocho horas después. Los niñitos cantores no alcanzaron a salir de Buenos Aires y lo que traía el Irízar (ya no recuerdo qué era) tampoco llegó a Jubany porque se había atrasado cinco días por el hielo en la zona del Mar de Wedell. Con los miembros de Green Cross que nos habíamos llevado nosotros, en Jubany no quedó nadie conectado con el hecho cultural, lo cual debe haber alegrado al muy ocupado jefe de la base. Me quedé pensando que si Juan Sebastián Bach escribió la célebre "Cantata del café", sumada a la del agua de Mónica, la inevitable tercera estaba cantada (una cantata cantada y que por definición se canta, ¿es igual a una cantata al cubo?) esperando autor: "Cantata para el Vino", con textos del experto enólogo polaco Charna Mròvka.

LA BALLENA VEDETTE

Para ganar tiempo cruzamos el Mar de la Flota de noche y nos acercamos a las islas de la costa Danco por el canal Orleáns, poco frecuentado y escaso de sondajes y muy temprano fondeamos en puerto Mikkelsen, al Sur de la isla Trinidad, donde, además de visitar el refugio argentino Caillet Bois, queríamos comprobar si había vestigios balleneros. Es una bahía pequeña, muy pétrea y con cerros a pique. El refugio no estaba habitado, aunque sí accesible y dejamos frascos de dulce de leche como contribución folklórica nacional. Pinino definió la donación con una simple oración: "¿No será demasiado?". Las pesquisa no dio resultados porque no se encontraron rastros de explotación ballenera. Un nuevo diploma de "tarantar" (esta vez colectivo) se ganó el refugio, al desembarcar y dejar suelto el bote que hubo que pescarlo a la deriva. Nuestro rumbo desde allí penetraba en el estrecho Gerlache, donde comienzan los mejores paisajes de cerros antárticos. A poco de navegar por la zona asistimos al mejor espectáculo que ojo humano puede esperar en esas frías regiones. Creo que las ballenas son tan inteligentes que no solamente se comunican entre ellas con esos gemidos tan bonitos que le son característicos, sino que se enteran de todo por lo que en la superficie llamamos radio-pasillo y que ahí abajo debe circular por la zona de convergencia de las profundidades que, como es más densa, propaga los sonidos a increíbles distancias. La comunidad cetácea debe haber sabido que el Ice Lady estaba historiando su luctuoso pasado antártico y para mayor abundamiento, llevaba a bordo al emperador de los buzos de Puerto Madryn, Pinino Orri y su adlátere Mariano De Franceschi -quienes a fuerza de mostrar ballenas en el Golfo Nuevo, ya las saludan por su nombre-, porque dos magníficos ejemplares de Yubarta se acercaron a nuestro buque para ofrecernos el gran acto circense denominado "La ballena voladora", inspirado en aquella memorable escena de "Fantasía" de Walt Disney, en la que hipopótamos con pollerita corta bailan la "Danza de las Horas" de la ópera La Gioconda de Giácomo Pontielli. La pareja estaba formada por ella, una evidente alumna de Gipsy Ros Lee (la más famosa stripper norteamericana) que bautizamos Rosita en su memoria y él, "partenaire" más parco y serio que humildemente dejaba que su compañera fuera la reina del tablado. Ambas desplazaban unas cuatro toneladas cada una y medirían unos quince metros de eslora. Comenzaron, en el mejor estilo del teatro de revistas, mostrando el lomo y la cola, para pronto reaparecer de cuerpo entero en el aire, como lo ha puesto de moda el Cirque du Soleil. Ya para entonces el buque escoraba a estribor, porque la borda de esa banda había sido ocupada por treinta y dos de los treinta y seis tripulantes, todos con algún artilugio fotográfico en mano captando las apariciones de los cetáceos. Primero se mostraron un poco tímidos, haciendo verticales con el hocico, pero de pronto, obedeciendo a una orden secreta, comenzaron a saltar fuera del agua. Del mismo modo que Pinino se zambulle en el mar, Rosita y su pareja se zambullían en el aire, sorprendiéndonos cada vez más cerca con sus piruetas. No seguían un intervalo isócrono, sino que a veces eran dos o tres saltos, seguidos de una desaparición momentánea, para brotar más allá o más acá, vertical u horizontalmente, en una danza grandiosa y cómica a la vez, agitando sus enormes aletas y castigando con ellas de plano en la superficie. En algún instante, en el aire, las cruzaron en una señal de odio por Sven Foyn, el noruego que invento el cañón de caza que casi las hace desaparecer del orbe. De pronto, con la misma elegancia y discreción con que habían venido, comenzaron a alejarse emulando una escena de fin de film antiguo; se asomaban a superficie lanzando sus famosos chorros de espuma, como diciendo adiós, hasta que se perdieron entre los hielos del horizonte. Vairo sostuvo que estaban comiendo pero a todos los demás nos pareció que estaban bailando o, por lo menos, haciendo piruetas pare el selecto público. Si las ballenas cantan, ¿por qué no van a bailar por el mero placer de hacerlo? Los románticos de a bordo lo interpretaron como una sibilina señal de aprobación hacia nuestras inquietudes y a los otros el espectáculo les produjo hambre. El cocinero tuvo que soltar la máquina de fotos, porque también él estaba colgado de la borda y volver a las labores propias de su querida y admirada presencia allí.

AL FIN SOLOS

Aún impresionados por el festival de Rosita y su amigo, nos adentramos hacia el continente, entrando a Puerto Foyn, de la isla Cansen Norte por el Oeste, enviando la lancha Lord Vairo (así bautizaron los marineros a la Bim con motor de 50 hp de cuatro tiempos; una joya propiedad de Carlos) por adelante, para situar e indicar una piedra no boyada que obstruye la boca. En vez de fondear, en el poquísimo espacio navegable que queda a estribor del pecio del Governoren, -el buque factoría incendiado en 1911 que ya habíamos visitado en el 2003, cuya proa está colgada de una roca y su popa, cerca de cien metros más atrás, a catorce de profundidad- nos abarloamos a su proa, para gran indignación de unos gaviotines antárticos que no cesaron de atacarnos, con toda razón, los pobres, ya que veníamos a turbar su paz y su aislamiento, de los que empezamos a gozar nosotros también. Los buzos (a los que se le unió Candelaria May) comenzaron su tarea inmediatamente, mientras las embarcaciones auxiliares del Ice Lady exploraban las islas aledañas. Allí pudimos comenzar a palpar realmente el calentamiento: las pilas de barriles de tres años atrás estaban pegadas al hielo, se hallaban completamente sueltas y habían quedado al descubierto muchas partes de las islas que no habíamos visto antes. Por su parte el tiempo, que con algo de sol nos había acompañado hasta allí, comenzó a empeorar, cubriéndose todo de nubes bajas que dejaban caer una lluvia insólita, porque es raro que esa latitud 64º S caiga del cielo algo que no esté congelado: nieve, garrotillo, nevisca, pero nunca agua en estado líquido. La temperatura oscilaba los 0º y los 4º, el agua permanecía 0,4º o más y el viento era escaso. Puerto Foyn es un rincón ignoto en ese archipiélago y muy poco conocían la existencia del Governoren hasta que la publicamos años atrás. Pero aún conservaba ese encanto de la soledad antártica hasta que aparecieron cinco gomones con unos diez turistas cada uno y ocho kayaks de dos remeros acercándose desde la esquina del glaciar. Rápidamente izamos la bandera "A" de buzo sumergido, para que no pelaran con las hélices a los que estaban abajo. Los gomones fueron muy cuidadosos al acercarse, aunque se notaba su desencanto porque le habíamos reventado la foto del antiguo buque siniestrado al que tapábamos casi por entero. Ante tan inesperado público, me fui a popa del Ice, abrí la parrilla y me puse a ofrecer "hot dogs" y Coca Cola. No vendí ninguno, pero les pudimos dar prospectos de la asociación a los botes para que supieran qué estábamos hurgando allí, en ese perdido rincón del mundo. Decididamente, la Antártica ya no era la misma. Provenían de un buque ruso que los esperaba donde tenía profundidad para su calado y la excursión era parte de su programa de visitas ya que el Governoren había pasado a engrosar la lista de atractivos turísticos. La Lord Vairo vino con una novedad interesante. Los de Green Cross, entre los actos a favor del programa "Agua para todos. Agua para la paz y preservación de los hielos antárticos", querían sacar una foto organizada de toda la tripulación del Ice Lady con trajes anti-exposición anaranjados recostados en un témpano formando dos figuras sucesivas, la silueta de un gran pingüino y las letras SOS. La lancha había encontrado uno accesible y con una plataforma adecuada para armar las figuras. Cuando terminamos el buceo, nos dirigimos allí con el buque. El témpano era perfecto, pero la profundidad impedía fondear. Toda la gente fue al témpano y a bordo nos quedamos una dotación reducida para maniobrar el barco y el fotógrafo Sebastián al que ubicamos cómodamente sentado en la cruceta del mesana, donde lloviznaba tupido a cero grado. Los organizadores habían llevado banderitas con las que intentaron delinear el gran pingüino, pero no lo consiguieron. Al fin aceptaron armar solamente el SOS que se perfiló bastante bien. Las fotos fueron sacadas y los ateridos actores, hartos de estar acostados en el hielo, regresaron a bordo tiritando SOSsss (- …-). La maniobra había insumido ¡cuatro horas! ¿Yo qué hice? Pues claro: tomar el tiempo desde el abrigado puente de mando.

MAS AL SUR

Entre los objetivos programados estaba atravesar el canal Le Maire, que en el 2003 habíamos encontrado cerrado por témpanos y llegar por allí a islas argentinas en latitud 65º S. Retomamos pues el 6 de febrero el Gerlache y nos desviamos por el Neumayer. Los estupendos paisajes estaban acompañados por nubes bajas y lluvia, aunque seguían mostrando su esplendor. Al pasar por las cercanías de Lockroy vimos que entraba el buque polar inglés Endurance seguido por uno de pasajeros ruso -quizá nuestro amigo de los gomones de Puerto Foyn-, mientras un tercero salía hacía Bahía Paraíso. Ya la cosa venía como para semáforo. El canal Le Maire, también con sus maravillosas montañas como panes de azúcar semiocultas por la lluvia, estaba casi libre de grandes hielos y al pasar Vairo nos hizo ver a los famosos pingüinos trepadores Kakaroja, que anidan por allá arriba y tiñen con sus detritus de su régimen alimentario de krill, glaciares enteros que aparecen rosados. Los pingüinos trepadores representan una nueva familia que todavía no ha llegado a los tratados de la ornitología austral, pero dada su abundancia, ya van a figurar con sus coloridas costumbres sanitarias. En la boca Sur del Le Maire nos encontramos con el Bremen, el Corintian II, mientras nos seguía uno ruso, y por detrás de las islas argentinas, que son bajas, asomaban los palos de un velero. Tratamos de fondear en las proximidades de la base ucraniana, pero el viento y la profundidad nos lo impidieron. De todos modos habíamos alcanzado la latitud máxima de nuestro viaje, que fue 65º 13' 2 S, en la longitud 64º 15' 2 W. Una dotación del Ice Lady bajó en la isla Petermann mientras los esperábamos sobre máquina y pudieron observar a unos cientos de pingüinos y unos trescientos turistas con atuendo naranja que los fotografiaban caminando en fila, ordenadamente -los turistas, no los pingüinos-. Intentamos fondear en las cercanías en la caleta Giraud, en la entrada austral del Le Maire, pero no hallamos profundidad adecuada y optamos por regresar hasta Lockroy, mientras nos cruzábamos con el Polar Pioneer. Largamos el fierro 0130. A las 0700 se fue otro buque ruso (llevan nombres irrecordables de profesores y académicos escritos en alfabeto griego) y a las 0900 entró el Polar Star. No conseguimos comunicarnos con Lockroy por VHF, por lo que optamos por bajar sin aviso. Fue una experiencia notable. En las rocas aptas para el desembarco, cerca de las casas de la base, había dos grandes gomones negros bajando y subiendo turistas, mientras otros tres esperaban turno. Un funcionario con perfecto acento, corrección y autoridad británicas, al que sólo le faltaba el casco de Bobby, dirigía el tránsito, dando entrada a los botes y haciendo esperar a las filas de turistas que intentaban embarcar o desembarcar, mientras lloviznaba tupido y los pingüinos, entremezclados con los visitantes, chapaleaban en el barro y hacían caca en todas direcciones. Al ver que la lista de espera se alargaba, aprovechando que nuestros botes eran más ágiles y nosotros también, bajamos entreverados con los pasajeros del buque y pudimos visitar la base museo, sellar nuestros sobres, mandar correspondencia (hay correo británico) y comprar recuerdos y postales. Lockroy es una ex base convertida en museo, manejada por el Antartic Heritage Trust que se autofinancia porque junta unas sesenta mil libras anuales vendiendo chucherías cada verano. Regresamos esa misma tarde por el Neumayer y fondeamos un rato en la entrada a Bahía Paraíso, bajando en la base chilena Gabriel González Videla, "Capitanía de puerto Bahía Paraíso" (así reza su sello) que está invadida por los pingüinos papúa. Nos contaron que si no la cierran bien en invierno, cuando se desactiva, los pajarracos aparecen hasta en los dormitorios. No encontramos vestigios de explotación ballenera, aunque consta que la hubo. Si hay algo, está debajo del barro del gallinero… perdón, de la pingüinera. Nos mostraron una curiosa foto de una pingüina albina, ocre clarito, que es madre de algunos descendientes del mismo plumaje. En realidad, pronto todos los pingüinos van a ser del mismo color barro, porque ya no se ven esas panzas albas y limpias y las pobres crías chiquititas están tan sucias que no saben qué pájaros son. Claro que el hombre no puede interferir con la naturaleza, pero a veces dan ganas, porque los pingüinos son tan bobos (así se llaman en España) que están todos amontonados en una colonia y de pronto baja un skúa -ave de rapiña emparentada con la gaviota-, le mata la cría prácticamente entre sus patas y se la empieza a comer sin que sus padres reaccionen. Más allá, otro skúa está desplumando un pingüino adulto y se lo está comiendo salpicando entrañas a sus hermanos. Será una ley natural, pero es realmente repugnante. Puerto Neko es una bahía singular donde, para variar, hay un glaciar que de tanto en tanto larga un socotroco al agua y produce una respetable ola. Allí hay un refugio argentino, el Fliess, pequeño pero en buen estado y, adivinen: ¡una pingüinera! Son tantos sus habitantes que la brisa trae continuamente efluvios de su perfume característico, que no es Chanel Nº 5 exactamente. En algún momento apareció otro buque de pasajeros, el Clipper Adventure, largando los habituales botes. Luego vino uno con un solo pasajero, que resultó ser el Segundo, Bernd Buchner, amigo de Vairo. Buchner ha comprado el Penélope, un velero de larga historia, ahora en Malvinas, que perteneció al primer aviador sureño Gunther Plüschow por 1928, del que en algún momento contaremos algo más (mientras escribo esto Buchner está navegando con el Penélope rumbo a Alemania). Fue un encuentro muy agradable, coronado noblemente con un cajón de cerveza alemana que nos obsequió cuando nos íbamos y nos perdíamos entre la lluvia, porque aquello seguía pareciendo una escena de la película "Cantando bajo la lluvia". Lamentamos que a nadie se le hubiera ocurrido llevar un paraguas; le dejo la idea a Lockroy: la venta de paraguas en la Antártida.

HASTA SIEMPRE, ANTÁRTIDA

Nos alcanzaba el tiempo para una escala más, el archipiélago Melchior, en el que no habíamos estado antes. Queda cruzando el Gerlache y entrando por el canal Scholaer. Por ahí no solo llovía, sino que había una niebla cerrada y el Melchior es un conjunto sumamente duro de piedras agresivas, con canales profundos muy cerca de las rocas, o sea el escenario ideal para poner a prueba las bondades de la navegación precisa con radar y bastón blanco. La responsabilidad la tomó Jorge May, a quien le gustan los desafíos y, en verdad, que llevó al buque muy bien. Cuando vimos las rocas parecía que casi las podíamos tocar y fondeamos con felicidad frente a la base argentina, activada de nuevo ese verano después de muchos años. La dotación nos recibió con calidez y me fue muy grato llevarles el recuero de la hazaña del entonces Teniente de Navío Hugo Dietrich, que en junio de 1956, con el remolcador Yamana, tuvo que buscar allí al jefe del destacamento que se había herido -una verdadera hazaña invernal en un buque que no era polar- y evacuando hasta Ushuaia. Cerca de la base estaba el velero norteamericano Pelagic, "habitué" de la Antártida, preparando su regreso al Norte.

NADA MÁS QUE VIENTOS NORMALES

El tiempo destinado al continente que los cursis llaman blanco, ahora medio marrón por la lluvia y el barro, se estaba acabando. Melchior era para nosotros la antesala del Drake y comenzamos a juntar información meteorológica para saber si podíamos encontrar la famosa ventana (como diría Les Luthiers "sempre per la menestra") para cruzarlo sin sobresaltos. Eso ocurría el 10 de febrero y como no nos la abrieron, organizamos fondeados el clásico bautismo de los neófitos antárticos, mediante una aparición del Rey Neptuno (el barbudo que suscribe, mejorada su pelambre con virulana), sus dos princesas ("una" era Pinino Orri y la otra, la única verdadera y deliciosa dama de a bordo, Candelaria May), una olla con agua salada, un trozo de témpano y un cucharón agresivo. La fiesta culminó con la entrega de diplomas con los apodos antárticos correspondiente. Además se entregaron los premios a los peores "esclavos" que tuvieron a su cargo las tareas de servir las comidas y lavar la vajilla. El peor de todos lo ganó un alto ejecutivo de una importante entidad financiera internacional, natural de Alejandría, Egipto y adicto a los puros de buen tabaco, cuyo nombre silenciaremos para siempre y el mejor, el piloto de planeadores que posee el récord suramericano de distancia, con más de mil kilómetros sin escalas, que con su natural modestia, nos pidió que conserváramos el secreto.

LA DRAGONETA

Para denostar elegantemente al corsario Sir Francis Drake, apodado "El Dragón", cuando asoló las costas del Pacífico de las posesiones españolas en América, Lope de Vega escribió en 1598 un poema épico que llevaba ese título. Drake nunca completó el cruce al Pacífico por el paso homónimo, que con más merecimiento debería recordar al español Francisco de Hoces, que sí fue el primero en realizarlo. Sin embargo, fue el siniestro nombre del inglés el que ha que ha quedado para todos los marinos de las épocas posteriores denominando el paso y como sinónimo de maldad extrema. Desde el Hornos hasta las Shetland del Sur, como dije, hay cuatrocientas sesenta millas de mar profundo, abierto y malhumorado, sin una tierra que lo limite alrededor del globo en esa latitud donde convergen los frentes del Oeste, descargan sus maldades, giran un poco y se van para Buenos Aires y Río Grande do Sul. No precisan ser ni siquiera malos tiempos o tempestades. Son simplemente frentes que deambulan por ahí. El 10 de febrero los informes meteorológicos nos indicaban que la famosa ventana o agujero de calma entre dos depresiones muy fuertes que asolaban el paso, solo se produciría el día 15. El almirantazgo del Ice Lady decidió que no podía esperar y que el asunto, de todos modos, no sería para tanto, de modo que el 11 temprano arrancamos hacia el Norte. Fue para tanto. No les exagero, porque nunca me gustó la truculencia náutica, pero resultó el peor mar que encontré en mis muchas marinas millas. En cuanto dejamos el relativo amparo de la isla, enfrentamos un mar 6 y viento duro del NE, o sea de proa, de entre treinta y cinco a cuarenta nudos. No se crea que eso era tan mal, porque con el tamaño de la ola, lo más prudente era atacarla de frente, que estaba cerca del rumbo ideal. El buque andaba aproximadamente a ocho nudos hasta que se encontraba con una pared de unos siete metros de altura, la atropellaba, se inundaba la cubierta de para y el puente recibía el resto. Salía como medio apaleado a tres nudos por el otro lado y pocos minutos después, la escena se repetía. La vida se tornó muy incómoda y era difícil dormir, más aún estar parado, desde ya cocinar y hasta comer. El timón había que llevarlo a mano para estudiar cada ola y encararla lo mejor posible. Cundió el mareo entre la gente y las cuchetas trabajaron duro. El día entero transcurrió así. El cocinero había previsto su posible desaparición de los lugares propios de su oficio y había dejado suficiente comida hecha para ese día, que cada uno probó como pudo: se fabricaron sándwiches y se tomaron gaseosas y vino con marejada hasta en los vasos. Los guardias se organizaron rigurosamente, porque no quedaban muchos para llevar la rueda. Los fotógrafos y camarógrafos aparecían de cuando en cuando, documentaban lo que se les presentaba y se volvían a sus camarotes. La noches siguió tan siniestra, con el inconveniente o la ventaja de no ver tan bien el monstruo líquido que se nos venía encima a cada momento. Reitero que no era una tempestad, sino un tiempo normal en el área; desde ya el cielo estaba cubierto, pero no llovía y no había actividad eléctrica. Durante la madrugada y la mañana del 12 las condiciones, que no parecía que pudieran ser peores, empeoraron. El viento aumentó a cuarenta nudos sostenidos y borneó al Oeste, y la ola se incrementó hasta unos nueve metros con rompiente -la proa mide unos cuatro y medio desde la línea de flotación-, lo que nos obligaba a seguir enfrentándola con el nuevo rumbo, porque cuando intentábamos volver al óptimo, los rolidos, que se repetían de treinta grados a cada banda, aumentaban a cincuenta (el récord fue de 54º) lo cual era simplemente destructivo. Los roperos y los cajones se abrían como si tuvieran duendes adentro que quisieran huir; en la cocina era imposible sacar un plato sin que rodaran un montón; el freezer y una heladera se desprendieron de sus fijaciones y hubo que trabarlos con maderas, lo que convirtió el lugar en una pista de obstáculos para meramente buscar pan y queso. Vairo consiguió meter dos colitas de cuadril al horno y más tarde pude organizar una olla grande llenada a medias con sopa que golpeaba los bordes como si tuviera un tiburón adentro. Calentar café o té en el microondas era una rara hazaña de ese equilibrio de los cardanes en que hay que creer o reventar. Los que tenían cuchetas paralelas a crujía terminaron varias veces en el suelo y a los que nos había tocado atravesadas a crujía dormíamos casi parados en el bandazo y cabeza abajo en el opuesto. Perder los anteojos o una media era un drama casi insoluble y no les cuento lo que era ir al baño. Los que navegan a vela desconocen el poder aniquilador del rolido. Es mucho pero que el cabeceo, más cansador, menos previsible. En un intento por frenar el péndulo invertido izamos la cuchilla más chica del mesana, pero una maligna racha de cincuenta nudos la convirtió en flecos. El viento fue rotando al NW pero no aflojaba. Menos mal que los filtros de combustible trabajaron admirablemente porque con esos sacudones en los tanques se estaba revolviendo la madre. Una detención del motor en esas circunstancias sí que hubiera sido muy peligrosa, porque un barco bobo, atravesado a ese mar desatado podía quedar en situación comprometida. Pero tanto el noble ocho cilindros como los maquinistas que se golpeaban allá abajo no aflojaron nunca. El día 13 durante toda la mañana prosiguió la danza macabra y solamente a eso de las 1400 amainó un poco, quedando tanto el mar como el viento en fuerza 7, lo que nos permitió mejorar el rumbo tomando las olas un poco más como tabla de "surf" con aquellas teoría de deslizarse por ellas que había inventado Vito Dumas y que había copiado Bernard Moitessier cuando tuvieron que surcar el Pacífico Sur . "Surfear" con trescientas toneladas suena a camelo, pero se consigue y hay un alivio en los golpes, aunque hacia el final de cada bajada, el rolido se toma su revancha. No obstante era importante ir mejorando el rumbo para caer al Este del Cabo Hornos y embocar el Beagle. La tarde fue algo más benigna y el buque pudo mantener mejor velocidad, pero por más esfuerzo que hicimos, no pudimos evitar morder la zona de mar que el Tratado Antártico le otorgó a Chile, en las doce millas de Hornos, pero no se lo digan a nadie, porque lo que nos urgía era entran en un mar más aplacado. Cuando fuimos teniendo a Evout, Theralten y Lennox, Picton y Nueva por el través, la gente retornó a la vida y fueron apareciendo todos, hasta con ganas de comer. La cocina volvió a funcionar -qué importante es la primitiva necesidad de comer cuando han reinado circunstancias de trinchera- y a las nueve y cuarto de la mañana del martes 14 de febrero tomábamos puerto en ese bendito lugar con clima propio que es Ushuaia

BAJA EL TELÓN, SALUDAN LOS ACTORES CON UNA REVERENCIA Y HACEN MUTIS POR EL FORO

Con el buque quieto y amarrado, el escenario cambió. La tripulación que había venido exclusivamente pare la etapa antártica se fue desgranando y bajó a tomar aviones que los devolvieran a sus lares, donde cada uno contaría su versión y sus secretos que probablemente nunca sabremos. Por cierto no puedo nombrar a todos, pero merecen especial mención Jorge y Guillermo May, los formadores de la Asociación de Exploración Científica, sin cuya idea y empuje nunca se podría haber realizado un viaje de esta naturaleza, la guía fundamental para el itinerario de Carlos Vairo y el Museo Marítimo de Ushuaia, y el capitán Marcelo Marienhoff por su insomne labor. También hay que agradecer a los miembros de la asociación, que la apoyan y sostienen desde sus más variadas actividades personales y muy especialmente a los profesionales del buque: Marciano Benítez, el hombre de la máquina; Alberto "Beto" Jiménez, factóttum de cubierta, de electricidad, de máquinas y demás mecanismos de este complicado buque mercante en miniatura; Freddy Becerra, marinero de cubierta, encargado de camarotes e interior y buen timonel de tormenta, lo mismo que Juan Escobar, en funciones similares y, por supuesto, al exquisito mediador entre el placer y el hambre, el chef-cocinero Federico Dreher. Quedarían por decir dos palabras sobre la Antártida que encontramos. Ya comenté que se nota dramáticamente el calentamiento en su clima, la cantidad de nieve y témpanos, y el ablandamiento de los glaciares (en los que ya no pueden aterrizar aviones con esquís, como lo hacían antes) que pudimos comparar, algunos con el 2003 y yo personalmente, además, con mis experiencias de 1987 y 1996. Está también el imparable aumento de la industria llamada sin chimeneas, que en la Antártida curiosamente las tiene: los buques de turismo con las suyas y los cientos de botes de desembarco que llevan a caminar por ahí quizá a cerca de dos mil personas cada verano, lo que ha cambiado el talante de los habitantes de las bases, que antes de permitir desembarcar limitan el número de visitantes y no sé si ha alterado a los pingüinos, porque siguen tan estúpidos como siempre. No obstante, el Tratado Antártico sigue vigente y se cumple, salvo en estos intersticios imprevistos y las bases de los diferentes países respetan con prolijidad sus sabias reglas. Las conclusiones y estudios realizados por el Ice Lady Patagonia se publicarán en los medios científicos correspondientes y esperamos que Grenn Cross International tenga éxito con su defensa del agua dulce contra los cíclopes del mundo que la miran con un solo ojo (el del bolsillo) cuando se trata de sus propias finanzas.