El 10 de mayor de 1895 al levantarse el Segundo Censo Nacional, la isla tiene 56 habitantes, 9 familias y 3 casas. Si se deducen trece personas que componen la tripulación del aviso Golondrina y otras ocho del faro de Punta Lasserre, las 35 de la subprefectura incluyen un contramaestre, un carpintero, un herrero, 14 marineros, 2 mujeres, un niño y 15 destinados, como se denomina a los condenados a presidio. Un tercio son extranjeros, sin duda antigüos enganchados, principalmente del ejército: dos orientales (uno Vicente Zuloaga, el negro cocinero, que recordarán Gerlache y Payró); un chileno, un belga y otro boliviano. Entre los penados censados por el empadronador Carlos Méndez, subprefecto en ese momento, no aparece ninguno de los diez presidiarios que Lasserre trajera de la Penitenciaría Nacional para construir las dos subprefecturas y cumplir sus penas en la Isla. Diez de los censados están aún en el presidio cuando lo visita Payró.

La clausura del Presidio Militar de Puerto Santa Cruz, dispuesta por el Poder Ejecutivo el 19 de junio de 1896, sólo incorpora a la Isla de los Estados un pequeño contingente de seis presidiarios. Empero, se considera prudente reforzar el personal. Un acuerdo general de ministros, del 25 de julio de 1896, así lo dispone, "(...) por haberse aumentado el número de presidiarios que allí cumplen su condena, con una parte de los que guardaba el disuelto Presidio Militar de Santa Cruz.

El refuerzo consiste en designar auxiliar militar en comisión al Teniente de Fragata Santiago Cressi, agregar un carpintero y un cocinero e incorporar al personal de marinería de la subprefectura de Bahía Thetis, "que fuera suprimida pro innecesaria". Durante el año 1897 el término medio mensual de presidiarios es de 23 individuos. Regístranse 13 altas (4,57 %), 2 bajas (0,70 %) y 2 fallecimientos (0,70 %). No obstante, el aumento de personal ese año el subprefecto comunica a la Prefectura General que tiene siete presidiarios que, por su pésima conducta, son inaguantables. No hay castigo ni represión que pueda corregirlos.

Constituyen un serio peligro en los casos en que sale del puerto el bote salvavidas, que necesita ser tripulado por un contramaestre y catorce marineros. La subprefectura -dice- queda entonces poco menos que guarnecida. Poco después, en la invernal noche del 3 de julio, prodúcese un grave hecho de sangre. Lo provoca el ex soldado del 3 de Infantería Isidro Ramírez. Cumple una condena por tiempo indeterminado. Payró lo describía como un "hombre sano y robusto, muy blanco y hasta simpático si no fuera por su mirada aviesa y torva; era sin duda el criminal más perverso de todos aquellos presidiarios, entre los que hay de alma atravesada, como vulgarmente se dice". Esa noche, aprovechando la oscuridad y la indefensión de su víctima, mata a puñaladas al despensero Carruza, por negarle la ración de caña.

Cuando en abril de 1900 Ramírez llega a Buenos Aires para ser conducido a la Penitenciaría Nacional, ante el fracaso del Presidio Militar para contener sus desmanes, algunos diarios le atribuyen 19 muertes y dirán que mató al despensero de la Isla de 14 puñaladas, una por cada día que lo dejara sin su ración de caña. Se non e vero... Todas esa -y otras- circunstancias reveladoras de un estado de disciplina impropio de un presidio, más aún de un presidio militar, en el que se presupone un invariable, predominio del rigor por encima de toda otra consideración, determinan que se envíe un destacamento de Infantería de Marina, renovado periódicamente.

Entre quienes visitan la Isla de los Estados por esos años encuéntrase el explorador antártico Adriano de Gerlache de Gomey (1866-1934). A bordo del Bélgica, entre 1897 y 1898 realiza su conocido viaje a las regiones polares. A comienzos de 1898, la expedición arriba a San Juan del Salvamento, a hacer agua. El 14 de enero parte a la Bahía de Hughes. En el libro que publicara dando cuenta de su viaje, Gerlache dice del presidio: "Desde hace varios años, la Isla de los Estados sirve de penitenciaría para condenas militares. Con excepción de algunos que están casados y gozan del privilegio de ocupar con su familia una miserable cabaña, los prisioneros se alojan en una barraca de madera. Están bajo la vigilancia de dos tenientes y de algunos hombres de tropa, pero en realidad, gozan de una libertad relativa. Sus tareas consisten en hacer provisión de leña para la calefacción, cuidar la avenida Piedra Buena y las dependencias de la Subprefectura, etc... Se les permite dejar la estación cuando algún trabajo urgente no los reclama, y siempre regresan con puntualidad. El suelo de la Isla de los Estados es por todas partes húmedo y turboso; no ofrece recurso alguno. Aquel que deja la prisión no obtiene más ventaja que una ruda diversión en la monotonía de su exilio. Una o dos noches pasadas a cielo raso, a la intemperie y las angustias del hambre calman bien pronto todo humor vagabundo. En cuanto a la fuga, es imposible. El estrecho Lemaire es demasiado ancho (cerca de 20 millas) y las corrientes tan violentas que impedirán su travesía a nado... Llueve, nieva o graniza en San Juan del Salvamento, doscientos cincuenta y dos días al año y tan solo hay sesenta días de calma... El cielo casi siempre está cubierto y el viento sopla con una velocidad término medio de siete y medio metros por segundo. No es, pues, un Edén la Tierra de los Estados, y la suerte de los funcionarios que allí deben vivir tampoco es mucho más envidiable que la de los prisioneros que guardan.

Invitado por el ayudante señor Nicanor Fernández, a cargo de la subprefectura por ausencia de su titular, Gerlache participa de una peculiar comida compuesta de tres platos de carnero, preparado de manera diferente. "Carnero y siempre carnero -comenta- esta es la única carne que traen los transportes argentinos, procurada en Ushuaia o Harberton". "Los comensales -agrega- son además del señor Fernández y los miembros de la Expedición, el doctor Ferrand, dos subtenientes, un prisionero distinguido, el capitán C y su mujer.

El capitán C ha sido condenado a perpetuidad por haber muerto a un superior y su joven esposa, queriendo compartir las miserias de este terrible exilio y atenuarlas con su presencia, ha tenido el admirable coraje de acompañarle". Días después, en compañía del capitán C y del Doctor Ferrand, recorre las roquerías de pingüinos, cormoranes y otarios de las inmediaciones de San Juan del Salvamento. El capitán C, el singular "prisionero distinguido", que llama la atención de Gerlache, -singular por su alcurnia social, por su educación europea, su mala estrella en Zárate, en Mendoza, en Curamalal-, no es otro que el capitán de Guardias Nacionales Juan Carlos Castex. Su última desventura ocurre al promediar 1896. en la noche del 2 de junio, en el Campamento de Curamalal, Castex mata de un tiro de revólver a su subordinado, el teniente Federico Kuls. El 30 de septiembre el Consejo Supremo de Guerra lo condena a presidio por tiempo indeterminado por el delito de homicidio alevoso con una circunstancia atenuante. Esa circunstancia -haber observado el reo buena conducta antes de cometer su delito- le salva, por segunda vez, de la pena capital. Días después se dispone que cumpla la condena en la Isla de los Estados, "hasta tanto se establezca el presidio militar". A bordo del Villarino, el 3 de diciembre parte para el sur. Cuatro años permanece en la isla, primero en San Juan del Salvamento y luego en Puerto Cook. En 1900 pasa a la Cárcel de Ushuaia. Allí desempéñase un tiempo como maestro de escuela de la Sección Menores, con excelentes resultados, dice el director Muratgia. A fines de 1902 o comienzos de 1903 incorpórase al nuevo Presidio Militar de Ushuaia, en Puerto Golondrina, en proceso de habilitación. Por fin, el 9 de julio de 1903 el presidente Roca le conmuta la pena de presidio por la de confinamiento en el Territorio de Tierra del Fuego, por igual tiempo al de la condena. Ese mismo verano de 1898 Roberto J. Payró realiza su "Excursión periodística a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados", origen de su obra "La Australia Argentina". Llega a San Juan del Salvamento en el transporte Villarino y emprende le retorno en el 1º de Mayo. Dispone, pues, de tiempo suficiente para conocer a fondo, incluso en sus intimidades, la vida y los personajes del faro de la Subprefectura y del Presidio Militar. Desde Buenos Aires son sus compañeros de viaje, entre otros, el flamante subprefecto de la isla, teniente de fragata Luis Demartini, el jefe del faro Lasserre, Augusto de la Serna y el Doctor Pinchetti, médico asignado al penal. Esa relación diaria con ellos, a toda hora, acorta distancias, pero también impone sutiles inhibiciones y favorece la misión del periodista.

Demartini recibe del ayudante Nicanor Fernández la subprefectura y sus anexos. Regresa descontento de su primera inspección. Apunta Payró: "En efecto, a primera vista se notaba que no había organización ni disciplina en el Presidio". Buena faena le aguardaba a Demartini. Payró adhiere a la teoría del presidio natural que preconizara Popper: "La Isla de los Estados -afirma enfáticamente- parece hecha expresamente para presidio y fortaleza". Páginas antes la llama "presidio natural y tumba de navíos" y se pregunta por qué no reclama el nombre de Isla del Diablo, que le ha usurpado con menos títulos aquella. Por lo tanto, no le extraña que sea presidio militar. En cambio, si le sorprende "que no haya dado mayor amplitud, llevando también presos civiles y ensayando una colonia penal que -debidamente organizada- tendría que dar excelentes resultados".

Payró ve el problema penitenciario tan sólo desde un ángulo. La seguridad. En ese momento tiene el presidio una cincuentena de condenados. Entre ellos hay 18 homicidas y dos homosexuales. De buena parte consigna identidad, delito y condena. Hay 5 condenados a presidio por tiempo indeterminado, 20 a presidio por 10 años, 4 a 12... Más de uno -como Trinidad Cuello- cumple larga pena de presidio sustitutiva de la pena de muerte a que originalmente fuera sentenciado. Con una sola excepción, todos son soldados o clases de los cuerpos de línea. La excepción corresponde a un ex capitán de Guardias Nacionales, Juan Carlos Castex. Gozaba -dice Payró- de grandes privilegios hasta la llegada del nuevo subprefecto. Seis de los presos tienen mujeres más o menos legítimas, "como si se tratara de implantar allí una especie de colonia penal". Contradiciendo lo que afirmara antes, comenta Payró: "Ensayo insuficiente, y desde luego fracasado, pues será difícil arraigar una población en San Juan, cuyos recursos no pueden ser más escasos, y cuyo clima o puede ser más inclemente". "Estos presos han tenido, en general, buena conducta y esta mejora a medida que la disciplina se implanta con más rigidez. Antes anduvo muy relajada, flojos los resortes, a su albedrío los presidiarios. Ahora, y especialmente desde que Demartini se ha hecho cargo de la subprefectura, reina el orden y los nenes entran en vereda; se dedican al trabajo y dan poco que hacer". "La reorganización del presidio -dirá en otro capítulo- era ya plausible cuando emprendí el viaje de vuelta".

 

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